La vida que yo veo

Éste es el blog de Javier Pérez, profesor de Lengua y Literatura del IES "Pedro de Ursúa" de Mendillorri (Pamplona)

miércoles, 25 de junio de 2014

Sobre la novela histórica

   Alguien a quien presté una vez El Conde Belisario, de Robert Graves, me dijo que se le había hecho difícil leerlo por la cantidad de datos históricos que incluía, lo cual es cierto, pero no sé hasta qué punto puede dificultar la lectura, pues los datos históricos están integrados en la trayectoria vital del personaje.
   De todos modos, entiendo a este lector, pues algunos autores de novela histórica ceden con frecuencia a la tentación de contarnos todo lo que saben de ese periodo, venga o no a cuento, y olvidan una regla fundamental para este género narrativo: la documentación ha de ser exhaustiva, pero su reflejo en el libro será impresionista.
  Hace poco he leído El palacio azul de los ingenieros belgas, de Fulgencio Argüelles, una novela que dice mucho sobre cómo era Asturias en las primeras décadas del S. XX, sin necesidad de dar ninguna lección de historia.

P.D.: La novela que cito al principio de este artículo me resultó tan fascinante que decidí leer lo más posible sobre aquella época. (En su prólogo hay una frase que la caracteriza a la perfección: Belisario nació en el último año del desastroso siglo quinto -el siglo del rey Arturo- y murío cinco años antes del nacimiento del profeta Mahoma. Vamos, los Siglos Oscuros. ) Y leí tanto que comprobé dos cosas: buena parte de lo que cuenta la novela es falso, y lo que no lo es está copiado, casi palabra por palabra, de autores de la época (Procopio, Agatías). Al fin y al cabo, el autor tiene todo el derecho a engañar a sus lectores, con tal de que sea un engaño coherente, bien construido. Pero también es verdad que, como demasiadas veces la realidad supera a la ficción, la mejor novela histórica es la que menos inventa.

jueves, 12 de junio de 2014

Algunos eufemismos

  No hay duda de que en ciertas situaciones comunicativas puede ser conveniente evitar ciertas palabras, pero hay que tener cuidado, pues a veces se consigue el efecto contrario.

  En latín, la forma usual de designar a una prostituta era scortum, que significaba literalmente pellejo. Era una palabra tan malsonante y ofensiva que en su lugar se usó otra; se pasó a usar putta, que significaba simplemente chica, mujer joven pero que se acabó cargando con todas las connotaciones de la anterior.

 La palabra castellana cerdo proviene de la expresión ganado de cerda, en referencia al pelo de este animal. Fue también un eufemismo, en sustitución de la malsonante puerco y, como era de esperar, acabó siendo igual de malsonante.

 Durante un tiempo estuvo de moda en EEUU referirse a los negros como gente de color. O sea, que la gente de otras razas no tiene color, con lo cual, se sigue insistiendo en la diferencia.

 Tres ejemplos de lo mismo. Desde luego que al producir un mensaje habrá que tener en cuenta cuándo, dónde y a quién lo enviamos -la adecuación, al fin y al cabo- pero procuremos no caer en el puritanismo lingüístico que, al enmascarar los problemas, los agrava.